Pablo Neruda, el padre Las Casas y descubrimiento de América

Pablo Neruda (1904-1973), chileno universal, Premio Nobel de Literatura, poeta de América y del mundo. En la primera etapa de su evolución poética compuso bellos y hermosos poemas que indudablemente lo convirtieron en un verdadero y genial cantor del amor y la mujer.

La Guerra Civil Española, en cuyo estallido y desarrollo se vio inmerso, fue más que suficiente para que su lírica inicial se orientara hacia otros derroteros temáticos. A partir de este momento sus versos comienzan a aparecer henchidos de vivenciales referencias o connotaciones sociopolíticas que más tarde habrían de convertir al afamado vate chileno en uno de los más grandes exponentes de la poesía social de la literatura hispanoamericana.

Los problemas del hombre americano eran sus problemas, y a tono con esta internacionalista concepción, asume, a través de sus versos, la voz o el eco de los diferentes pueblos latinoamericanos. De ahí que en febrero de 1966, y en solidaridad con la República Dominicana, la cual un año antes había sido víctima de la segunda intervención estadounidense, Neruda escribe “Versainograma a Santo Domingo”, un extenso poema de inconfundible tono épico y en cuyas primeras estrofas el autor de “Crepusculario” y “Canto general” plasma su concepción acerca del descubrimiento de América, presentándonos el trascendental acontecimiento como la cuna, germen o raíz de los males futuros de la isla de Santo Domingo en general y del pueblo dominicano en particular :

“Perdonen si les digo unas locuras

en esta dulce tarde de febrero

y si se va mi corazón cantando

hacia Santo Domingo, Compañeros.

Vamos a recordar lo que ha pasado

desde que don Cristóbal marinero

puso los pies y descubrió la isla

¡Ay! mejor que no la hubiera descubierto

porque ha sufrido tanto desde entonces

que parece que el Diablo y no Jesús

se entendió con Colón en ese aspecto.

Estos conquistadores españoles

que llegaron de España con lo puesto

buscaban oro, y lo buscaban tanto

como si les sirviese de alimento.

Enarbolando a Cristo con su cruz

los garrotazos fueron argumentos

tan poderosos que los indios vivos

se convirtieron en cristianos muertos”.

Isla Negra (Chile) – Feb. 1966

Acerca del mismo acontecimiento, Fray Bartolomé de Las Casas, protector de los indios, cronista y uno de los principales testigos del descubrimiento, conquista y colonización de América, en su obra “Brevísima relación de la destrucción de las Indias”, nos presenta un espeluznante y dramático relato acerca de los atropellos y crueldades de los conquistadores españoles en contra de la indefensa población indígena. Relato cuya lectura nos obliga necesariamente a preguntarnos: el descubrimiento de América, ¿debe en este continente celebrarse o conmemorarse? Veamos parte de su contenido:

«En la Isla Española, los cristianos (españoles) con sus caballos y espadas y lanzas comienzan a hacer matanzas y crueldades extrañas en ellos. Entraban en los pueblos, ni dejaban niños y viejos, ni mujeres preñadas ni paridas que no desbarrigaban y hacían pedazos, como si dieran en unos corderos metidos en sus apriscos. Hacían apuestas sobre quién de una cuchillada abría el hombre por medio, o le cortaba la cabeza de un piquete o le descubría las entrañas. Tomaban las criaturas de las tetas de las madres, por las piernas, y daban de cabeza con ellas en las peñas. Otros daban con ellas en ríos por las espaldas, riendo y burlando y cayendo en el agua decían: “bullís, cuerpo de tal”; otras criaturas metían en la espada con las madres juntamente y todos cuantos delante de sí hallaban.

Hacían unas horcas largas que juntasen casi los pies a la tierra, y de trece en trece, a honor y reverencia de Nuestro Redentor y de los doce apóstoles, poniéndoles leña y fuego, los quemaban vivos. Otros ataban o liaban todo el cuerpo de paja seca pegándoles fuego, así los quemaban. Otros, y todos los que querían tomar a vida, cortábanles ambas manos, y de ellas llevaban colgando y decíanles: “Andad con cartas: llevad las nuevas a las gentes que estaban huídas por los montes. Comúnmente mataban a los señores y nobles de esta manera: que hacían unas parrillas de varas sobre horquetas y atábanlos en ellas y poníanles por debajo fuego manso, para que poco a poco, dando alaridos en aquellos tormentos, desesperados, se les salían las ánimas. Una vez vide que, teniendo en las parrillas quemándose cuatro o cinco principales y señores, y porque daban muy grandes gritos y daban pena al capitán o le impedían el sueño, mandó que los ahogasen, y el alguacil, que era peor que el verdugo que los quemaba, no quiso ahogarlos, antes les metió con sus manos palos en las bocas para que no sonasen y atizóles el fuego hasta que se asaron de despacio como él quería. Yo vide todas las cosas arriba dichas y muchas otras infinitas».

Nótese cómo el cronista, fraile dominico y rebelde defensor de la raza indígena, para que nadie osara dudar de la veracidad de su estremecedor relato, reafirma su condición de testigo de los hechos narrados cuando expresa: «Yo vide todas las cosas arriba dichas y muchas otras infinitas…»

Quizás por esa razón, cuando en octubre de 1992 se celebró el quinto centenario del descubrimiento de América, expresó al respecto nuestro insigne cantautor Juan Luis Guerra lo siguiente: «En relación al Quinto Centenario del descubrimiento, mantengo mi postura: no tengo nada que celebrar, quizás el sueño del cazabe en el burén o el areíto perdido en una nube pasajera…»

El autor es profesor universitario de Lengua y Literatura

dcaba5@hotmail.com