La mejor novela de tu vida

Para alguien como el arriba firmante, cu­yo oficio es contar historias, o sea, es­cribir novelas, ter­minar una incluye cierto peli­gro.

Después de uno o dos años metido en ello hasta las tran­cas, dándole a la tecla durante ocho horas diarias, enfrascado en lecturas que documentan o estimulan, conviviendo con los personajes hasta que acaban siendo parte casi real de tu vi­da, poner punto final a todo eso puede tener, incluso, efec­tos traumáticos. Pasas de vivir en un mundo que has elegido, controlas y conformas a tu vo­luntad y tu medida, a salir de él y encontrarte en otro menos agradable e incluso hostil, co­mo esos niños saharauis que, tras pasar una larga temporada con familias de acogida euro­peas, deben regresar a la dura realidad del desierto y los cam­pos de refugiados.

Dirán ustedes que no pue­de ser tan dramático, pero les aseguro que sí. Que puede ser­lo. Afortunadamente hay una etapa de transición que ayuda un poco, pues una novela ter­minada no significa una nove­la entregada y olvidada. En mi caso, los últimos meses los de­dico a las últimas correcciones y detalles, volviendo una y otra vez sobre lo escrito. Eso hace posible, como digo, un saluda­ble período de desintoxicación. Y como a esas alturas del texto no hay nada realmente creati­vo en lo que haces, y tras la lar­ga convivencia sueles estar har­to de los personajes y la trama, que conoces hasta por el forro y no aportan ya novedad algu­na, la cosa tiene cierta semejan­za con esa mujer que dice ahí te pudras, imbécil, y te deja justo cuando empiezas a preguntarte si no es el momento de dejarla a ella. O viceversa.

El problema de todo esto, cuando eres un novelista profe­sional que vive de cuanto escribe, radica en lo que pasa inmediata­mente después de que la historia recién escrita se vaya a vivir su propia vida. El vacío que te deja. Y les aseguro que se trata de un vacío peligroso, porque incluye la tentación letal de descansar un ra­to largo. Ahora que he acabado, piensas, voy a tomarme un perío­do de vacaciones antes de empe­zar otra. Voy a relajarme mientras entro de nuevo en campaña. Y ahí es donde acecha el peligro, por­que toda la disciplina, la concen­tración, el adiestramiento, la ca­pacidad de esfuerzo y sacrificio de los últimos tiempos –«Escri­bir mata más que las bombas», me dijo Oriana Fallaci durante la primera guerra del Golfo, po­co antes de morir– puede diluir­se en pocas semanas. Plaf. Adiós, chaval. Visto y no visto. Puede hacerte perder esa tensa incerti­dumbre que necesita el novelis­ta, semejante a la del marino. Si­tuarte fuera del necesario estado de gracia y vigilia. Dejarte hecho una piltrafa.

Por eso, del mismo modo que cuando te caes del caballo o la moto debes volver a subir en cuanto puedas, para no coger miedo, cuando acabo una novela, e incluso mientras trabajo en las últimas correcciones, procuro te­ner ya otra en la cabeza. A veces es la que luego escribo y otras no. Por lo general, cuando creo haber elegido una historia buena para contar, paso un tiempo haciendo pruebas. Escribo veinte o treinta páginas para establecer si soy ca­paz de crear los personajes ade­cuados, dar con el tono narrativo, elegir bien el punto de vista y, so­bre todo, averiguar si es con ella con la que deseo convivir durante los próximos meses o años de mi vida. A veces comprendo o intu­yo que no es la adecuada, o el mo­mento oportuno para ella, y esas páginas pasan al cajón de Nun­ca Se Sabe; porque un novelista de verdad nunca descarta nada del todo, nunca lo da por muerto. Hay novelas que esperan su tiem­po adecuado, y todo puede resuci­tar o recomponerse un día, como ocurrió con El tango de la Guardia Vieja, cuyos primeros treinta folios tardé veinte años en recuperar y completar.

Y en eso estoy ahora, aquí don­de me ven, o me leen. Entregué una novela antes del verano y en seguida hice un tanteo con una trama que me tenía caliente; y con ella estuve hasta que otra, que lle­va quince años agazapada en mis papeles y mi cabeza, empezó hace unas semanas a decir aquí estoy, cortándole el paso. Así que, resuel­to a subirme cuanto antes al caba­llo o la moto, me encuentro otra vez en ese momento maravilloso en que cualquier cosa es posible: cuando todo lo que lees, imaginas, capturas alrededor y echas al zu­rrón de la imaginación, combina­do con los libros leídos y la propia vida, renueva el estado de felici­dad que perdiste con el punto fi­nal de la anterior historia. Y cada noche, otra vez, te duermes pen­sando en lo que escribirás cuando despiertes. Y por la mañana des­piertas ilusionado, tenso y lúcido; dispuesto, como cada día desde hace treinta años, a escribir la me­jor novela de tu vida.

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