José Mármol: “Creo ser una mezcla de Quijote y Sancho Panza”

—¿Recuerdas el primer libro que leíste?
Por decisión propia y por un temprano interés en la literatura, recuerdo que compré, en la Librería Valencia de La Vega, “Rimas y leyendas” de Gustavo Adolfo Bécquer y “Don Juan Tenorio” de José Zorrilla. También las “Églogas” de Garcilaso de la Vega. A estos sumé “Veinte poemas de amor y una canción desesperada” de Pablo Neruda. Nadie me orientó o dirigió. Tuve que cambiar mi interés por las artes visuales hacia la literatura. El despotismo balaguerista frente a la educación de la población me condenó, desde la adolescencia, y por fortuna, al desgarramiento romántico de la poesía.

—¿Y la primera historia que escribiste?
No fue, precisamente, una historia. Fue un soneto, métricamente medido y rimado en forma clásica. Me lo solicitó el padre Paco Rodríguez en el Colegio Agustiniano de La Vega, para usarlo como modelo en la clase de preceptiva literaria. Fue algo muy retórico que, si bien sirvió para el aula, no sobrevivió a ese día. Por supuesto, mis compañeros se burlaron de mí.

—¿Cuál fue el primer libro que te impactó?
“Don Quijote de La Mancha”, sin duda. Tuve una pasión cervantina adolescente. Para mi suerte, mi compañero de colegio Alexis Henríquez me prestó una hermosa edición de lujo de Alfaguara (1969), con ilustraciones de Gustavo Doré, que leí maravillado y que todavía conservo. Fue, claro está, un préstamo con no devolución declarada. Yo desvelé esas páginas alucinantes. Todavía nos reímos por el hecho.

—¿Quién es tu escritor favorito?
Es la pregunta más cruel y difícil en toda entrevista. Nunca se es suficientemente justo al responderla. Pero, si me preguntaras cuáles tres libros pondría en la mochila cuando deba pagar las monedas al barquero Caronte, para cruzar el río Aqueronte en el Hades y salvar algún rastrojo de mi alma, te diría: “Residencia en la tierra”, de Pablo Neruda; “Cien años de soledad”, de García Márquez; y “Trilce” de César Vallejo.

—¿Qué personaje de un libro te hubiera gustado conocer y crear?
¡Oh! Jean Valjean, protagonista de “Los miserables” de Víctor Hugo.

—Un truco para enfrentarse a la hoja en blanco.
La hoja en blanco no se enfrenta; se seduce, se enamora. Aunque ya casi no hay hojas en blanco, sino pantallas líquidas en negro, la actitud del creador debe ser siempre la de un aprendiz, la de alguien que por más experiencia que haya acumulado, en el momento de génesis de la escritura creativa, se sienta un amateur, un simple principiante de un oficio inagotable. El asombro debe ser la energía creativa por excelencia.

—¿Alguna manía a la hora de escribir o leer?
No hay manía, sino disciplina. Soy, en este aspecto y por un lado, quevediano, porque llevo siempre, como Quevedo en su carruaje, papel y tinta. Por el otro, soy un cadete, como los compañeros del Boom llamaban a Vargas Llosa, porque la lectura y la escritura hay que asumirlas con disciplina.

—¿Y tu sitio y momento preferido para hacerlo?
Tengo mi espacio y mis horas, por supuesto. Trabajo en casa por las madrugadas. Pero, en esta sociedad de rendimiento, como la denomina Byung-Chul Han, somos esclavos de la simultaneidad y la ubicuidad o bilocación digitales. Debes leer donde te llame la lectura y escribir donde te acomode; en el soporte, dispositivo o medio que tengas a mano; sea montado en un motoconcho, el metro, el teleférico, hasta un airbus, un tren bala o un crucero. Igual da, en la habitación de hotel o en el centro comercial (la nueva catedral) donde te encuentres de paso. La cuestión es leer y escribir con la naturalidad con que respiras.

—¿Qué escritor o libro te ha influido en tu trabajo como autor?
Tantos, a decir verdad. Unos por influencia positiva y otros por influencia negativa, como creo dijo Azorín. Algunos de los imprescindibles serían autores como Dante, Shakespeare, Baudelaire, Rimbaud, Mallarmé, Poe, Vallejo, Paz, Juarroz, Eliot, Pound, Brodsky, Bonnefoy, Salinas, Dickinson, Vargas Llosa, Onetti, Fernández Spencer, Mieses Burgos, del Cabral, Cartagena Portalatín, Beckett, Cioran, Nietzsche, Stevens, en fin… Complicado escoger.

—¿Con qué personaje literario te identificas?
Creo ser una mezcla de Quijote y Sancho Panza. Trato de subvertir la realidad con mis ideales humanistas y de atormentar mis ideales con los resabios descarnados de la realidad monda y lironda.

—¿Cuáles son tus géneros favoritos?
La poesía y el ensayo. Octavio Paz es mi modelo en ese sentido, aunque, por supuesto, inalcanzable.

—¿Qué estás leyendo ahora?
Suelo tener varios frentes abiertos. He retomado mis lecturas de y sobre Nietzsche. Termino un ensayo extenso y fabuloso de Víctor Gómez Pin titulado “El honor de los filósofos” (Acantilado, 2020) y otro monumental titulado “La era del capitalismo de la vigilancia”, de Shoshana Zuboff (Paidós, 2020). Acabo de deleitarme con el poemario “No puedes ser así. Breve historia del mundo” (Visor Libros, 2021), de Luis García Montero. De autores dominicanos acabo de concluir “El blanco mar” (2021), novela corta de Amable Mejía, y disfruto con la lectura de “Círculo abierto. Literatura y filosofía” (Amargord, 2020), de Basilio Belliard, y “Presente intacto. Sobre arte y literatura” (Amargord, 2020), de Plinio Chahín.

—¿Y escribiendo?
Para mi columna periodística semanal estoy retomando el tema de Nietzsche y la poesía. Además, escribo el prólogo de un nuevo volumen que reúne una selección de artículos de corte filosófico en torno a la hipermodernidad, la digitalización y su impacto en el individuo, la cultura y la sociedad.

—Si solo pudieras darle un consejo a un escritor que empieza, ¿cuál sería?
Que nunca se afane por ser escritor. Que simplemente desee escribir y leer, y que lo haga con pasión y disciplina.

—Un deseo que te queda aún por cumplir.
Que se cierre la insufrible y vergonzosa brecha entre riqueza y pobreza, entre educación y analfabetismo, entre privilegios y oportunidades; que vivamos en un mundo de mayor equidad y justicia, de auténtico respeto a la vida y amor a la naturaleza.

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