¿Es ésta la cara de Jack el Destripador?

  • Redacción
  • BBC Mundo

8 septiembre 2014

Aaron Kosminski

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Aaron Kosminski terminó su vida en un manicomio pero nunca fue acusado de los sangrientos crímenes.

Después de casi 125 años de misterio, un detective aficionado afirma haber identificado de manera concluyente a Jack el Destripador, uno de los más infames y notorios asesinos en serie de la historia, que nunca fue atrapado por las autoridades.

Según Russell Edwards, el culpable de por lo menos cinco horripilantes asesinatos de mujeres en el Londres victoriano fue un inmigrante polaco de 23 años llamado Aaron Kosminski, que eventualmente terminó muriendo en un asilo de locos.

En un nuevo libro que saldrá al mercado el martes, Edwards relata como combinó la investigación exhaustiva con tecnología forense de punta para concluir «definitiva, categórica y absolutamente» quién fue el hombre que aterrorizó la capital británica en 1888.

No obstante, varios ávidos estudiosos del tema, especialmente aquellos que se dedican a organizar convenciones y giras guiadas de los sitios macabros, ya han puesto en duda esas conclusiones.

Un esquizofrénico paranoide

Jack el Destripador asesinó a por lo menos cinco mujeres, degollándolas, en algunos casos sacándoles las entrañas y dejando sus cuerpos mutilados en los callejones de Whitechapel, en el este de Londres.

Aaron Kosminski

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El ADN del chal ensangrentado de una de las víctimas es 100% compatible con Kosminski, según el análisis del doctor Louhelainen.

El criminal nunca fue atrapado y el misterio se convirtió en una leyenda que ha sido investigada, tergiversada, explorada y explotada a través de los años tanto por expertos como charlatanes y engendrado libros, películas, seriados y giras turísticas.

Durante la historia, muchos nombres han sido postulados como posibles candidatos al dudoso título de «Destripador». Entre ellos uno de los hijos de la reina Victoria, príncipe Alberto Víctor, el escritor Lewis Carroll, autor de «Alicia en el país de las maravillas», y hasta el entonces primer ministro William Gladstone.

La policía de la época tenía una lista de varios sospechosos. Uno de estos era Aaron Kosminski, un peluquero de 23 años, que emigró de Polonia a Londres en 1881.

Kosminski llamó mucho la atención de las autoridades que lo tuvieron bajo vigilancia, pero nunca hubo suficientes pruebas para encausarlo.

Resulta que el inmigrante polaco también sufría de esquizofrenia paranoide y alucinaciones y fue internado en un asilo mental en 1891, donde murió casi 30 años después.

¿Fin de una leyenda?

En 2007, Russell Edwards, que se describe como un «detective de salón», compró el supuesto chal ensangrentado de Catherine Eddowes, una de las víctimas del Destripador.

Russell Edwards y Karen Miller

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Russell Edwards pudo comparar el ADN de Eddowes con una descendiente directa de la víctima, Karen Miller (der.)

Llevó la prenda al doctor Jari Louhelaienen, experto genetista y forense de la Universidad John Moores de Liverpool, quien sometió el chal a un innovador proceso de «aspiración» para extraer suficiente ADN de los restos de sangre.

Louhelainen encontró compatibilidad con el ADN de una de las descendientes de Eddowes pero, más importante aún, según lo escribe Edwards en su libro «Nombrando a Jack el Destripador», había un 100% de compatibilidad con la descendiente directa de la hermana de Aaron Kosminski.

Sin duda se realizarán más pruebas para verificar las conclusiones del doctor Louhelainen y Russell Edwards pero, aunque la ciencia parece estar de su lado, ya varios entusiastas del caso de Jack el Destripador señalan que el chal ha sido manipulado por demasiadas personas como para proveer pruebas fidedignas.

De todas formas, si con esta nueva investigación se cierra uno de los casos más enigmáticos de la criminología no podría uno dejar de sentirse desilusionado que un misterio que cautivó la imaginación de tantos haya sido resuelto.

Que le venderán ahora a los miles de turistas los guías que caminan por las renovadas calles del este de la capital británica evocando los oscuros y sórdidos recovecos del Londres victoriano.

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