Como un rayo de esperanza para el sector cultural recibimos la apertura de salas del Centro León, así como algunas instituciones públicas y privadas, con un estricto seguimiento del protocolo sanitario imperante. Poco a poco intentamos retomar la normalidad, en tiempos pandémicos.

Como en toda competencia artística encontramos trabajos sobresalientes, regulares y otros deficientes. El jurado evaluó 116 proyectos, 60 obras terminadas, correspondientes a 97 artistas que se inscribieron en el concurso.

Como novedad podemos mencionar que dos obras intervienen espacios urbanos, una en Santo Domingo y la otra en Santiago. La primera realizada por Joiri Minaya, quien explora el tema de la descolonización; esta serie de encubrimientos de estatuas, iniciada previamente en Bahamas y Miami, y ahora con la de Colón en el parque homónimo. La intervención fue registrada fotográficamente y quizás esa misma documentación hubiese funcionado mejor que la simple reproducción de un armazón que simula una estatua de dimensiones heroicas, emplazada dentro de la sala. Varios guiños museográficos pudieron explorarse para exhibir mejor esta pieza.

La otra intervención se está celebrando, en fechas seleccionadas, en el Hotel Mercedes, una obra de arquitectura icónica de Santiago. Raúl Morilla es el responsable de alertar sobre la memoria y la debida conservación de nuestro patrimonio, dándole vida a un inmueble olvidado por muchos años. Sin lugar a dudas la mejor obra presentada al concurso, con una espléndida y bien cuidada puesta en escena, que da vida a la antigua y abandonada edificación. Recrea en videos que se proyectan en las puertas de esquina, los distintos usos del hotel, y rememora momentos significativos en el devenir de la ciudad que fueron celebrados en el mismo.

También plausibles de premio las piezas de Guadalupe Casasnovas y Tomás Pichardo. Casasnovas evoca con sus obras momentos del pasado vividos en torno a su numerosa familia en la casa que construyeron en ese entonces en el naciente y casi despoblado Ensanche Piantini, hoy convertida en una torre de las que muestran el crecimiento vertical de la ciudad. Pichardo, continuando con su serie de animaciones y videos presentados en el Centro de la Imagen en 2017, en su exposición Agujero Negro, en dupla con Luisito Nazario, y en la que por primera vez vimos sus piezas escultóricas en cartón. Ganador también del Premio Joven de la Imagen y en el pasado Salón Bienal de Fotografía y Video, combina de manera honesta y efectiva lo autobiográfico con lo existencial.

José Morbán, también dentro de la tómbola de galardones, con una narrativa de resistencia, contada desde su propia óptica, que nos hace repensar la forma en que se tergiversa la historia y la forma en que se preserva para la posteridad. Un políptico, lleno de licencias poéticas, con deliciosas y pulcras estampaciones que auguran esperanza en torno al trabajo que realizan las nuevas generaciones en el grabado. Justo mencionar con igual nivel de calidad las obras presentadas por Julianny Ariza y Charlie Quezada.

La señalética de todas las salas es impecable, así como la tecnología táctil desplegada en las pantallas que permiten conocer en sala más de cada obra. Igualmente una inmejorable mediación y pedagogía para todas las edades; algo nunca antes visto en un concurso local de arte, y que deja el listón alto, frente al resto de competencias nacionales.

Como un rayo de esperanza para el sector cultural recibimos la apertura de salas del Centro León, así como algunas instituciones públicas y privadas, con un estricto seguimiento del protocolo sanitario imperante. Poco a poco intentamos retomar la normalidad, en tiempos pandémicos.

Ya en el anterior artículo mencionamos la inauguración virtual de la edición 28 del Concurso de Arte León Jimenes. Sabemos que no fue la forma en que ellos hubiesen deseado hacerlo, pero no tuvieron más remedio que reinventarse, y vencer todas las vicisitudes para hacerlo. Ciertamente nada es comparable a la experiencia presencial, la emoción estética y sensorial que se produce para el disfrute y apreciación de las obras de este certamen.

Como en toda competencia artística encontramos trabajos sobresalientes, regulares y otros deficientes. El jurado evaluó 116 proyectos, 60 obras terminadas, correspondientes a 97 artistas que se inscribieron en el concurso.

Como novedad podemos mencionar que dos obras intervienen espacios urbanos, una en Santo Domingo y la otra en Santiago. La primera realizada por Joiri Minaya, quien explora el tema de la descolonización; esta serie de encubrimientos de estatuas, iniciada previamente en Bahamas y Miami, y ahora con la de Colón en el parque homónimo. La intervención fue registrada fotográficamente y quizás esa misma documentación hubiese funcionado mejor que la simple reproducción de un armazón que simula una estatua de dimensiones heroicas, emplazada dentro de la sala. Varios guiños museográficos pudieron explorarse para exhibir mejor esta pieza.

La otra intervención se está celebrando, en fechas seleccionadas, en el Hotel Mercedes, una obra de arquitectura icónica de Santiago. Raúl Morilla es el responsable de alertar sobre la memoria y la debida conservación de nuestro patrimonio, dándole vida a un inmueble olvidado por muchos años. Sin lugar a dudas la mejor obra presentada al concurso, con una espléndida y bien cuidada puesta en escena, que da vida a la antigua y abandonada edificación. Recrea en videos que se proyectan en las puertas de esquina, los distintos usos del hotel, y rememora momentos significativos en el devenir de la ciudad que fueron celebrados en el mismo.

También plausibles de premio las piezas de Guadalupe Casasnovas y Tomás Pichardo. Casasnovas evoca con sus obras momentos del pasado vividos en torno a su numerosa familia en la casa que construyeron en ese entonces en el naciente y casi despoblado Ensanche Piantini, hoy convertida en una torre de las que muestran el crecimiento vertical de la ciudad. Pichardo, continuando con su serie de animaciones y videos presentados en el Centro de la Imagen en 2017, en su exposición Agujero Negro, en dupla con Luisito Nazario, y en la que por primera vez vimos sus piezas escultóricas en cartón. Ganador también del Premio Joven de la Imagen y en el pasado Salón Bienal de Fotografía y Video, combina de manera honesta y efectiva lo autobiográfico con lo existencial.

José Morbán, también dentro de la tómbola de galardones, con una narrativa de resistencia, contada desde su propia óptica, que nos hace repensar la forma en que se tergiversa la historia y la forma en que se preserva para la posteridad. Un políptico, lleno de licencias poéticas, con deliciosas y pulcras estampaciones que auguran esperanza en torno al trabajo que realizan las nuevas generaciones en el grabado. Justo mencionar con igual nivel de calidad las obras presentadas por Julianny Ariza y Charlie Quezada.

La señalética de todas las salas es impecable, así como la tecnología táctil desplegada en las pantallas que permiten conocer en sala más de cada obra. Igualmente una inmejorable mediación y pedagogía para todas las edades; algo nunca antes visto en un concurso local de arte, y que deja el listón alto, frente al resto de competencias nacionales.

El programa de actividades, así como los Diálogos Horizontales están cumpliendo con su cometido. La única crítica imputable es que no incluye a ningún especialista dominicano ajeno a la organización.

Loable que el Centro León no claudicó a pesar de las restricciones que ha impuesto la pandemia. De igual forma, esperamos que no se claudique a la hora de valorar y distinguir la calidad y los méritos de las obras que recibirán los distintos galardones en el mes de mayo.